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Cinco poemas elementales
Son
Del Dios elemental, Del misterio sometido, Del designio y la navaja, Del paisaje que se baila, Del olor hundido en el cielo, Del Amor brujo gitano Dijéramos “jondo” sobre la fragua, Son de zíngara familia, Son cuando arde la piel, Son de angustia en la garganta. Dijéramos son de danza recóndita, Son que suele ser zorongo, zarabanda, Fandangillo, cachirulo y charadí.
Tus muñecas retorcidas y el compás, Lo que dicen tus labios entreabiertos, Las puntas de tus dedos alcanzando el cielo, El suspiro y tu misterio. Tu son. Pasa la Macarena.
Ya casi se ha deshecho la noche, Imagino a Ella Que llora riendo, No sabemos cuando llega, Ni cuando se va, Sólo que cuando pasa, El alma, con escalofrío, Se va por mis labios Al cielo escondido de sus lágrimas, Al riente cacabeleo de los ángeles, Al espejo amargo de su plata. Lord Byron en Sevilla Como el cuerpo de un hombre cansado Con el cortejo de multitudes en su aventura, Cuando cae finísima lluvia en los campos, Así llegó, con maletas, un séquito y su cojera Byron a Sevilla. Y así se enamoró, sencilla y apasionadamente Una joven rechazada, Pues tras un denso silencio… De inmediato sacrificó como obsequio La larga trenza y su melancolía. Estoy por afirmar que fue Un gesto de infinita donación.
Últimamente ya no recuerdo Si verte bailar Es un refugio para mis ojos O un lenguaje inventado Para llevarme a ti. Pues hay un sabor de antaño, barroco Que esconden intimidades Cuando tu falda bordea el suelo Y cedes al cielo con gritos de almidón Tu línea y plenitud; Los ritmos de tu baile.
Lo único que reste sea Contemplar el territorio Donde acabarás por acabarme Ingrávidamente cuando me rindo Ante la gracia del ritmo De faralaes y arrebujos Ante el juego de unos encajes. Pues subidos están tus labios Por el aire, Dotados de locura, De trozos de caricias; Y más arriba cuando Son tus muñecas que se doblan Las que encierran mi paisaje, Abres para mis ojos Que tu luz, Mas nombres que tu nombre. Aquel vuelo impetuoso Donde siempre nos encuentra La eternidad. Aquella altura propicia En la que tus manos Alcanzan los nervios del Sol. Así, como esta ciudad
Con sus voces, Dejaban abrir los jazmines Como estrellas… Yo paseaba, cuando el día Mutilaba la noche con sus sombras, Cuando eran las estrellas, Las que, ahora, se abrían Como jazmines. Y recuerdo encaminado por mi ciudad Cruzaba zaguanes de repente, Bajo una luz clara, hincada, Con ganas de tocar sus ecos con mis dedos, Ese espacio elemental entre Los agrios naranjos pintados de azahar.
Tu cuerpo reflejado en mil espejos, Tanto goce terrenal concentrado, Tal vez, arquitectura de imprecisiones En el alma multiplicada.
Como esos laberintos de equiescencia, Como las calles de Sevilla Que cargaba de quilates Esa luz inolvidable, Ese duende con su gracia divina, Esos álamos que reían Y bailaban pegados a orillas del río.
De luz y jazmines, Aunque huidiza Me pertenecías. |