Alonso Véner
PESARES COTIDIANOS. Alonso Véner |
RESURRECCIONES. Alonso Véner www.alonsovener.com I. Los caminos se deshojan. Sobre las orillas se esconde la noche, el silencio, el brillo metálico de la luciérnaga. Los árboles son de piel de madre, me acarician con la suave brisa de la espera, se deslizan por mis manos de otoño renacido como niños o ramas, como divinidades oscurecidas a golpe de ecos selváticos. De tanto en tanto se destiñe el paisaje, se disfraza de viñedo olvidado y remecido, de estanque decorado de rocas calizas y diminutas. Sobre las manos libres se esclaviza el rugido de la tarde, se desvanece, se confunde con el matiz del suelo que la vio crecer. II. ¿Qué ha sido del niño que fui? Que parece ahora tan lejano, como dibujado por otras manos. ¿A qué lugar ha ido a esconderse? ¿Quién lo mira jugar desde unos ojos lejanos en ese laberinto de huellas borradas junto al jardín? ¿Cuándo dejó de creer en la risa? ¿Quién lo arrulla en su regazo con abrazos de luna? ¿Quién corre hoy por aquellas calles empedradas de azul oscuro? ¿Qué ha sido de esas mañanas sin prisa y ese abrigo de madre? El tiempo ha castigado los muros de mi encierro, se ha llenado de polvo mi garganta. No me queda más que este oscuro compañero, este mismo que ahora pregunta por el niño que fui. III. Me despierto deseando la bondad de las flores, que llenen mis manos de sonrisas ajenas que deshojen de un soplo mi sonrisa de pobre, de amaneceres de invierno, como dolencias de hambre, como historias tejidas por el miedo a salir a la luz, como el que se siente al nacer, al vivir escondido en los rincones de las ciudades de vuelos nocturnos. IV. He vuelto a casa, después de mucho andar por senderos lejanos, dibujando paisajes en las aceras, tratando de atrapar la tarde entre mis dedos, en las respiraciones simultáneas de niño y hombre. La tristeza ya se ha ido pero nada ha ocupado aún su espacio vacío. No hay más tinieblas que las que dibujo con mis manos enlodadas, ni más soledad que el contacto con un borde de flor. |
VIRTUDES ESCONDIDAS. Alonso Véner. www.alonsovener.com Selección de poemas. Poema XLIII: A VECES A veces, cuando te dibujas al viento, deseo volarte como mi cometa de niño, reír contigo hasta caer dormido, esconderme en tu pelo de oficio de abejas, y hacerte mía, como rocío en mi piel de noche. Poema IX: VIRTUDES ESCONDIDAS Virtudes escondidas, sepultadas en baúles con gaviotas de plástico, absorbiendo dolores ajenos de extraños racimos y quietudes que caen desde retoños hasta cimientos elegidos. Entre mareas y desgracias escondo aquel dolor como fiebre de un anciano convaleciente, perdido en cuartos de azufre y vino. Sin embargo, me parece bueno hablar con torres de carne o truenos sin ser escuchado, como cualquier barco de papel que se enferma de la ciencia que le trajo la noción de ser, de ser y no ser, de yacer y oscurecer. Poema LXIX: UNA ROSA CON OFICIO DE PUÑAL Ayer me robé una rosa mientas caminaba solo disfrazado de refugio. Pasé junto a ella y me llamó, me sedujo con su rutina fragante, con su textura carmesí, con su velo aterciopelado. Estabas desnuda, deslumbrante, como un suelo rocoso rociado de escarcha y silencio. Te vi cautiva, callada, pálida, y fueron mis manos la plegaria anidada en tus pétalos de paloma enjaulada. Me hiciste encallar sobre tu feminidad de espinas, y esparciste en mis ansiosos labios tu polen de sedimento inconcluso. Me deslicé sobre el rocío que te amó al alba, y tu cruel adormecimiento circuncidó mis manos nativas, que en respuesta te embalsamaron con mi sangre convulsa. Paseamos juntos por veredas etéreas, y contemplamos desmayos silentes de danza entre luces y cipreses, junto a infantes cerúleos con vocación de palma. De las rosas fuiste la más bella, rosa ingenua, esclava inédita, sonido invernal, escultura renacida, tormenta de hojas secas, abrigo del viento entumido... Pero eso fue ayer, y ahora parece tan lejano, tan ajeno... y te extraño. En la hora que llora la tarde te desvaneciste en mis manos como plumas cansadas de llover. En cada pétalo caído vi una lágrima, y en cada lágrima una palabra: como un adiós o un tal vez. Sobre tu imagen extinta lloré; filtré entre mis dedos tus despojos de noche poblada de ríos serenos, tomé tu tallo sufrido y mortal, clavé éste recuerdo como una daga en mi corazón de huérfano, y triunfalmente me sacrificaste junto contigo. Poema XXVIII: SOY YO AQUEL CAMINANTE Aún no he plantado mi viñedo, ni me he nutrido con la savia esencial. Se escuchan voces a lo lejos, como voces de mujer, como voces de viento; son solamente truenos escasos o nidos recién abandonados. Me esperan en las veredas los frutos de la noche indigente, entregados en destinos aledaños sobre algunas hojas transformadas. Un trino despierta al espeso silencio y condena a la flor con un aroma inconcluso. Un tímido destello reflejado en algunas piedras. Ríos que me enfrentan a expresiones del manglar. Caminante, soy yo aquel caminante apacible que desenreda a la naciente mañana de entre las ramas cantoras y rizadas. Entre espacios, entre memorias, entre suelos, se destiñe la tarde, los troncos, el frío, el silencio: como una acuarela derretida en la distancia. Soy yo aquel caminante que nace en los caminos que lo llevan a casa, que deshoja los cantos cromados y apresura los confines de una nube lánguida. Caminante de florecimientos forjados como abrazos callados. Oscura impaciencia, se agrietan los ojos de tanto esperar. Sin darme cuenta ha caído el ocaso, con su mirada invernal, vestido de látigo, y sigiloso como el vuelo de una lechuza; pero no quiero refugiarme en los brazos sencillos, no quiero descansar sobre destinos dormidos, no lo quiero, no, porque llega la noche y aún no he plantado mi viñedo. |