Diáfano el cielo, guiñol esculpido mi jardín
de macetas despintadas;
mis lagrimales buscan señales o respuestas.
Una cala inclina su flor- oreja de duende
con su piedad de monje de seda.
Señora de los vientos, la soledad promete
otra corona de espinas
y la Hidra de Lerna con cabezas de luna
cuando el día –que ya muere- brote en sombras lobas,
y duerman las aves su gorjeo.
Llorar las crines de la muerte me ha condenado
al conjuro que mi pecho
alza en tribus de nubes opacas y dolientes
en hileras de muelles diezmados por la ausencia
devorando mi cuerpo callado.
Una tiza escribe desamor en mis oídos
-animal azul funesto
y el vacío patea mi boca desfogada
hacia el ojo- gallo de escuálidas horas rotas
por los fríos muslos de los dioses.