Bajo este sol
Bajo este sol que hoy no puede
contra el frío insoslayable del invierno,
miro los gorriones derrochar gracia en mi ventana.
La mañana implacable como iceberg
hace nido en mi alma y me hipnotiza
como en trance pone a la serpiente
un encantador con su bribona flauta.
Un perro flaco arrastra su abandono conspirado
estudiando las arterias de la calle
buscando la compasión de una mirada.
La zarza de la entrada ya ni siquiera se espanta,
yace su sueño hibernando
en camastro de tierra grávida.
Fantaseo con enviar una misiva a la vida
pero ella siempre está de jarana y deja un burlón cartel :
“Ausente”
para que las sombras nos encarguemos del dolor de meditarla.
El faro (abre tus ojos)
Abre tus ojos y las preseas que guardan
tus pupilas serán el faro que me guíe
-aleteando dos lunas
hasta tus manos.
Abre tus ojos y mira los míos
- ebrios de cabalgar ventanales
así podrás dormir abejas en mis párpados
y hacer con mi sangre farallones de miel.
Abre tus ojos y deja que acaricie tu paladar
-dique de chispas
con mi lengua de miga suave
mientras la noche bosteza un fantasma.
Abre tus ojos, dame las piedras que masticaste
y se harán nido de lluvia
cuando tu vientre se pose en el mío
como palio de peces tibios.
Entonces mis tendones serán trigo
y la mecha por donde drenarán los rayos
que ondulan en sismos mi cintura
cuando te pienso ensamblado a mis entrañas.

El sabor del miedo
Nadie llora al gigante que yace en la calle
derribado a hachazos.
Sus hojas van siendo callos marchitos
de punta de lanza segada.
Sólo un perro duerme ovillado
cerca del tronco-cadáver sangrando laurel.
Los árboles podrán ser ciegos
pero tienen alma y anida en el hueco
de sus blancas vísceras.
Podría ahora mismo librarse batalla
en el cielo con espadas de rayos;
rugir una bestia y romper desde abajo la acera
como si quebrara letras de un tablero ouija
o ser la alcantarilla ergástula de ratas
que escaparan del yugo a cornadas,
y no temería.
Pienso en el alma del árbol,
el brillo aceitoso de la fusta de acero
tumba que te tumba
calando hasta el hueso…
y hoy el miedo me sabe a laurel
hasta dolerme la boca.

Soleil de nuit
Cuando la tarde raya sus postreras
luces-alas de ave malherida,
una boca se clava en mi entrecejo
y hace piedras en mi sangre su vacío.
Es el sol que adolece su partida
recargando su carcaj con lepra,
trashumando la muerte a mis costillas
en fanal de sombras encorvadas.
Y la noche se me instala en cada verso
escalándome chillona como hiena,
retozando juguetona en los rincones
de un rostro insomne de cordero.
Cada día morir es a la tarde,
como busto de brazos martillados
que ha rodado en grises albañales
de cuervos destruyendo rosaledas.
Cuando la claridad sale al camino
con bastón de cuernos de venado,
un soleil de nuit suda tijeras
de alfaguaras nácar gusto a lluvia
y el reloj clava cinco puntas de la estrella
moradora en mi frente bautizada
con almizcle de bisonte y yerbas negras.
Cuando la tarde raya sus luces postreras
nace el fuego en cuencos de agua,
un médano de frío se hace ausencia
y un jilguero cruje roto entre mis pechos.

El veneno
Quítame esta cuerda que envuelve mi cuello
por las tardes, cuando la opaca memoria
clava con sus pinzas de cigala
una grey de abismos en mis venas.
Quítame este espeso mar de la garganta
que me asfixia tanta espuma acordonada
con voces aullando piedras negras
como el pubis de una oscura bruja.
Quítame estos muros de nubes marmóreas
que levitan en peñascos tras mi patio
y guardan mi luz en el barbijo
del sol cuando su ojo se marchita.
Quítame el sutil veneno que ha brotado
en el zumo que al fin liban mis arterias
desde que advertí que sólo tengo
tres cuartos de averno y una sombra.