―Van a venir unos amigos ―comentó el chico como al pasar―. Ella no dijo nada. A la madre le gustaba recibirlos. Eran buenos chicos y aunque el marido protestara siempre, era mejor tenerlos en casa a que anduvieran por ahí quién sabe dónde. Esa tarde no tenían gimnasia y tampoco habría clases el día siguiente. Jornada de perfeccionamiento decía la nota que acababa de rubricar con trazo firme y lapicera negra en el cuaderno de comunicaciones ¿Qué iba a decir ella? ¡Una masa! ―decía el chico― Así que nos vamos a juntar para hacer algo.
El primero en llegar fue El Colo.
―¿Qué hacés, Colo?
―Todo bien. ¿Está Nacho?
La madre no había alcanzado a responder cuando sintió las zancadas trepando la escalera hacia el cuarto de su hijo. Y el portazo. Apenas unos segundos tardaron Los Redondos en invadir todo el espacio. Ella calló. Eran jóvenes.
Cuando empiezan a molestarte el ruido y los pendejos ―solía decir su marido― es que ya estás pasado. Y la verdad es que ya no les resultaba tan fácil encontrar un buen lugar para tomarse unas cervezas y conversar con amigos durante la clásica salida de los sábados a la noche; así que optaban por una cena show, mirarse las caras sin cruzar palabra y aplaudir.
La madre se encerró en la cocina a lavar los platos del mediodía. Para que no haya tanto desorden ―se dijo. En realidad era para que no le sacaran también las copas de la alacena cuando llegaran los demás. Porque no te lavan un vaso ni en broma ―comentaba a sus amigas de bridge. Cuando terminó, salió al jardín a tender el repasador recién blanqueado con lavandina y encontró al hijo acompañado por cinco más. Con la música tan fuerte no había escuchado el timbre.
―¿Cerraron la puerta?
―No, má... porque hay tres más afuera. Pero está todo bien, después la cierro.
Su hijo y otros tres reposaban contra la pared blanca de la casa que daba al oeste. El sol estaba lindo, la vista hacia el parque, inmejorable: las azaleas en flor, a la derecha, estaban magníficas; hacia el fondo, el cedro azul cobijaba a los otros dos chicos; el césped parecía un green. El chico tenía las piernas recogidas y los discman abrazados al cuello. A su izquierda, en el piso, había una botella de cerveza, sólo dos vasos. Eso la tranquilizó. Sabía que los mocosos tomaban pero qué les iba a decir; más de una vez lo había visto llegar en condiciones non sanctas pero aunque ninguna de las dos ocasiones le había dicho nada, no permitiría que lo hiciera deliberadamente en su casa. Eso no.
La tarde era realmente espectacular; los tres que estaban afuera ya entraban con otro grandote a quien no conocía, y tras un corto ¿Qué tal? empezaron a hacerse pases con la pelota. Los miró unos instantes ¿cómo se llamaban esos pases? No preguntó. Tras el segundo o tercer pase, uno de los chicos ya quitó la remera. Al volverse, medio sonrojada, vio por la puerta ventana que daba al living entrar a cinco o seis más. A esos tampoco los conocía. Eran altos, parecían más grandes que su hijo. No quiso averiguar.
―Pasen chicos.
―Gracias. Buenas tardes, señora.
―¿Qué hacés, Fran? ―se escuchó desde el fondo.
Al volver sobre sus pasos ya habían sacado la mesa al jardín y dos nuevos solícitos adolescentes que habían entrado por el garaje vaciaban sus mochilas. Por lo menos media docena de cervezas cada uno. El que parecía la mascota del grupo, un rubiecito con cara de nene, porque no era otra cosa, intentaba arrastrar un sillón hacia fuera.
―¿Qué estás haciendo? Por favor, poné ese mueble a su lugar.
El mocoso se rió y continuó arrastrándolo como si tal cosa.
―Te dije que lo dejaras ahí. ―afirmó la madre mientras señalaba su lugar en el living.
Con él sí podía ejercer cierta autoridad. Al fin y al cabo lo había visto crecer, hasta sostenido en brazos. Ahora era un guachito rebelde y querible.
Él siguió riendo.
―Dame una mano ―le pidió la madre al grandote y bueno de Esteban aunque no supiera cuándo ni cómo había entrado con otros tres.
―Dale, enano ―dijo palmeando al amigo hacia afuera mientras ayudaba a la la señora a comodar el sillón en su sitio.
Desde afuera creyó percibir el olor agridulce de la marihuana.
Amagó a salir para decirles algo pero se detuvo. Sin saber qué hacer, calló y fue hacia la planta alta para refrescarse en el baño y poder pensar más claramente antes de encarar la situación. ¿Sería realmente marihuana? No iba a permitir eso en su casa pero cómo salir, cómo decírselos... Hacia el final de la escalera escuchó risas en el cuarto de la hija.
Cinco flacos que no había visto en su vida estaban ahí mirando un video. ¿Quién les había dado acceso a esa parte? Podía sacarlos, que respetaran su casa, pero... en realidad no están haciendo nada malo, se rectificó para adentro.
―Chicos, no toquen nada del escritorio de la nena ¿sí? ―Los muchachos asintieron con la cabeza sin dejar de leer el subtitulado ―¡Ah! Y por favor no pongan los pies sobre el acolchado.
Uno de ellos levantó la mano en señal de está bien, pero la señora lo interpretó como si fuera un parte de retirada y así lo hizo.
En el cuarto del chico, estallaban ahora Los Piojos; la puerta estaba cerrada pero por las risotadas y zapateos intuyó que eran varios. Ahora estaba segura: ahí también estaban fumando. Tenía que hacer algo y pronto. Bajó dispuesta a encarar a su hijo.
Los jóvenes seguían entrando, ya no reconocía casi a ninguno. En la vereda, tres motos, dos autos y una 4X4. Sintió golpes en el garaje. ¿Qué era eso? Allí se dirigió.
Al verla entrar, un par de manos negras de grasa se adelantaron con una sonrisa.
―¿Cómo está, señora? Tenemos algunos problemas con la Kawa. No le importa si desordenamos un poco ¿no?
―No, no. Está bien, sigan.
El pibe morochito que lo acompañaba, con un gorro de lana que le llegaba casi hasta la nariz, siguió sentado en el banquito frente a la moto con cara de preocupación mientras ajustaba no sabía qué cosa. Como si no me hubiera visto, pensó, pero no dijo nada y los dejó solos.
No le gustaba la idea pero no existía otra posibilidad que no fuera llamar a su marido.
El ambiente se estaba enrareciendo. Le vino a la mente lo del ecosistema y las especies exóticas porque la casa estaba ahora infectada de remeras negras, Los Redondos, Methálica, La Renga, Curt Kobain, Marilyn Manson, cinturones con tachas y tatuajes que asomaban por debajo de las mangas cortas. Parecía una selva. Marcó a la oficina de su esposo.
“Está en reunión de directorio” le respondió la secretaria, “y tiene para rato, señora. ¿Le digo que la llame cuando se desocupe? Colgó. Como una criatura perdida en la playa comenzó a deambular y bambolearse con pasos cortos e indefensos. Gorros, aritos en las cejas; un piercing la insultó desde una lengua que escapaba a las carcajadas. El dueño de la lengua estaba sentado sobre el marco de la ventana con los pies coligando hacia el comedor.
―Sacá los pies de la pared ―se oyó decir como una idiota. Adónde estaba su hijo. ¿Qué significaba todo esto?
―¡Juan Ignacio! ―gritó por primera vez dirigiéndose al jardín, pero la música estaba cada vez más fuerte.
―¡Nacho! ¡Te llama tu vieja! ―resonó como un eco. Un Juan Ignacio vení un minuto, se le congeló en la boca. Dos espaldas largas y flacas se recortaban en escorzo contra el sol enorme de la tarde. Ya basta, esto se acabó, se dijo, pero las palabras se negaron a pronunciarse. Los pibes estaban meando, sí meando a risotadas contra el cedro azul del fondo. Se dieron vuelta.
―Duisculpe, señora, la cerveza...
La señora cambió su expresión para buscar los ojos de su hijo.
El chico seguía sentado contra la pared blanca, las piernas recogidas. Dio vuelta la cabeza hacia donde estaba su madre. Al verla sonrió y por un instante, la madre creyó volver a ver aquellos dientes de leche blanquísimos. Pero era otra la sonrisa, una sonrisa de perdón y ¿viste, má? No podía levantarse. Ella sintió un palo en la garganta, el rostro se le fue para atrás, la piel de la mandíbula se le erizó y quiso detenerla con la mano. Se le agujaron los ojos de lágrimas; sin embargo lo que veía no era fruto de la vista nublada. Las pupilas de su hijo, enormes, estaban invadidas de sol y de nada. Literalmente corrió a encerrarse en su habitación en la planta alta. Ahí podría descargarse y llamar a su marido. Era imperioso ubicar a su marido.
Aun antes de entrar al cuarto se percató del olor a quemado. Desde la puerta vio el motivo. Sobre el piso del balcón había algo encendido. Se acercó, humeaba. Era la madera del respaldo de una silla del quincho. Son unas bestias, sollozó. Lo levantó, por suerte sólo se había ennegrecido una de las puntas. La miró sin saber qué hacer ni qué pensar, mucho menos por qué no prorrumpía en gritos, cuando escuchó ruidos sobre el tejado. Más que bestias, son como ratas, están en todas partes... Se asomó al balcón.
Habían colocado una sillita con las patas hacia arriba trabadas entre la canaleta y la pared medianera. “Estaban” en el techo. Sacó la sillita y la puso del lado interno del balcón; se paró sobre ella para hacer pie en la baranda y poder mirar hacia arriba. Quiso agarrarse del espacio entre la viga del alero y las tejas pero retiró la mano como tironeada por un resorte. Estaba lleno de telarañas. Se bajó para desprender la traba del postigo y poder afirmarse de la parte superior. Con extrema precaución volvió a trepar a la baranda mientras trataba de detener con una contracción forzada del codo, las oscilaciones del postigo.
Un joven le tendió la mano. La mano estaba suave y tibia. Detrás de la mano apareció un rostro conocido. Era un rostro bueno, con ojos mansos, húmedos y marrones como los de una vaca. Ayudada, no tuvo que hacer mayor esfuerzo para alcanzar la superficie del tejado que ahora se le antojaba incomprensiblemente segura. La madre se sentó abrazada a las rodillas, la cabeza en medio, demolida. Sobre la nuca se apoyó la mano tibia y le acarició el cabello. La madre se largó a llorar mientras el joven se sentaba a su lado. Esperó. Cuando se hubo descargado giró la cabeza hacia sus ojos.
El cabello del muchacho era negro, ondeado y brillante; la miró compasivamente con una sonrisa entre tímida y perdida y siguió con lo que estaba haciendo: respirar en forma profunda y completa. La mujer lo vio soltarse la goma del brazo derecho, dejar la jeringa y recostarse sobre las tejas para permitir al inseparable el sol entrar por sus pupilas. Todas las sensaciones de horror y abandono pronto fueron una. También se dejó caer para atrás, pero con los ojos cerrados, vencida. De abajo llegaban la música y las risas; había ruido a motos, las puertas golpeaban. De pronto sintió cómo el chico le arremangaba la manga de la blusa. Ella se dejó hacer. Sentada ofreció sin pudor la parte blanca del antebrazo. Pero no era entrega. Temblaba, virgen a la aguja que se le ofrecía. La goma arrugó su brazo, la presión le dio fuerza y ajustó el puño.
Súbitamente iluminada y sin dar tiempo a reacción alguna, arrancó la goma y se bajó la manga. Era ella todo llanto y decisión. Con cuidado se tomó del postigo y regresó al ventanal. El joven no intentó detenerla. la mujer miró hacia la calle. Un rubio alto vomitaba contra el cordón de la vereda; casi al instante las arcadas la hicieron vomitar también. Salpicó, porque desde abajo se escucharon voces de ¡cuidado! Al darse vuelta y con la cabeza echada hacia atrás se limpió la boca con el revés de la mano. Estaba sucia, No importaba.
Alguien debió avisarle al hijo porque enseguida se escucharon gritos: ¡Mamá! Entonces sonrió, sonrió con una sonrisa todo ángel y ofrenda a los ojos de vaca que se asomaba en ese momento a ver qué sucedía. ¡Mamá! En un destello alcanzó a ver otra vez aquellos dientes de leche. ¡Mamá! escuchó, pero ya estaba sentada en la baranda del balcón. Buen viaje ―susurró ojos húmedos. Y la madre se dejó caer de espaldas. Un instante.
E instantáneo fue cómo rajaron las motos de la vereda, y los gritos y los borregos que asomaban desde todos los rincones como si hubieran pateado un hormiguero, ratas que huían como ratas... Los amigos, no. Los amigos limpiaron y acomodaron todo mientras El Colo trataba de arrancar al chico de su madre. Dale flaco ―decía y lo abrazaba― Vos no tenés la culpa, flaco. Vamos, parate...
Y... pobre mujer ―dijeron durante semanas los vecinos que jamás pudieron comprender por qué tardó tanto en llegar la ambulancia. Los chicos sí lo saben, pero callan.
―Pobre Nacho... Nunca más ¿no? ―comentan ahora.
― Ni una seca ―asegura El Colo― ya no puede.
―¡Qué mal lo de la vieja! ¿no? Mirá que nunca decía una palabra. Macanuda...
―¿Y las fiestas en lo del flaco? ¿Te acordás? Eran re voladas...
―Volada fue la de la vieja... ―acota un tercero
―Dale, no seas pelotudo ―lo para el bueno y grandote de Esteban que los acompaña siempre.
―Sí, che... Cortala. Pobre Nacho.
Pero de eso tampoco hablan muy seguido.
*El presente relato pertenece a la novela en preparación Los Que No Quisimos Crecer y ha sido adaptado para su publicación como texto autónomo en Metamorfosis Urbana. Ed Martín, Mar del Plata , 2004
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CARTA ABIERTA
Estimado Padre Eduardo:
Esta carta no respeta las liturgias, mucho menos la de La Palabra, pero me urge reconciliarme conmigo misma, con la humanidad y principalmente con el Verbo Encarnado; por eso necesito que escuche (lea) mi confesión.
Para ser concreta, Padre, me acuso ser una representación; si no fuera así, ya me habría acercado al confesionario para enfrentarme a U usted sin simulacros y no estaría escribiendo esto. Pero no soy actriz o sea que dar la cara no es mi fuerte y por otro lado, sólo al escribir soy sincera, ya que es lo único que sé hacer 0 engendrar, como prefiera. Además, a las palabras se las lleva el viento, a los secretos de confesión... vaya a saber. Y yo quiero que esto sea un .doc Así que hágalo público, si quiere:
Padre, yo siento la necesidad de romper los moldes, las reglas, las hormas, las matrices, los montajes, las instalaciones. Es como si una asfixia abarcara y oprimiera toda mi piel, sofocándome hasta extinguirme. Muchos se conforman con la vida que les tocó vivir, aunque al hacerlo se desfiguren, distorsionen, deformen. Conformar... Deformar... Me pregunto si serán sinónimos o antónimos. Un prototipo, cualquier modelo o paradigma se acomoda, te acomoda a una casilla, a un apartado; te aparta, te empaña, te rotula: "hombre sin rostro", te ultraja. A mí no me alcanza un tipo de vida, Padre, los quiero todos.
Por eso despojo y calzo íntegro cada uno de los infinitos pellejos de los hombres y trato de hacerlos míos; robo vidas y las siento, vivo como propias... las cuento. La de quien ama y de quien sufre, la de la señora gorda tomando el té de las cinco en punto, la del drogadicto, del apático o el burgués de m..., la del soldado valeroso y del cobarde, del político y el mendigo, el verdugo y el ahorcado, del subversivo y el represor, de las Bovary y los Fierro... Entonces invento, fabulo, miento. Eso es, Padre, el escritor: un gran mentiroso. Y yo escribo.
Pero ¿sabe? Al robar vidas, las vivo para mí y las vivo para otros. No quiero disculparme, no, al contrario; estoy condenada, lo sé y soy culpable no sólo de robar o mentir sino de los siete pecados capitales porque si fuera verdad que tengo una misión, entonces, cómo explicar cuando en ocasiones, colmada de pereza, transito las profundidades sin decidirme a habitar el cuerpo de mi alma y paso días, semanas, meses sin escribir, temerosa de enloquecer si lo hago y segura de que si no lo hago, finalmente enloqueceré. Entonces, el germen o el gusano de la envidia me penetra y las vidas de otros, virtuosas o perversas, sencillas o intrincadas, comienzan a seducirme, a incitarme... y las ansío, Padre, porque derrochan vivencias que yo jamás experimentaré, vierten las I historias que yo nunca seré capaz de narrar, descifran los libros que en-.al vida alcanzaré a leer. y.,( abarrotada de codicia parto a investigar, a escuchar detrás de las puertas y las almas, a mirar hacia dentro de los ojos, a robar sus alientos en busca de una línea... y anoto datos, acumulo, como un preciado tesoro, cada referencia en mi cuaderno de notas, en el revés de la cuenta del supermercado, en los márgenes de los libros y, le confieso, Padre, que cuando empieza ese proceso de encarnarse en otro, ya no como Santa Concepción, sino Calvario donde crucifico mi comodidad y asumo igual que Cristo los pecados de los hombre, le juro, y no es herejía, Padre, que siento que voy a redimirlos pues llevo conmigo todas las miserias; también todos los placeres, dirá Usted pero de eso no se escribe.
Por eso, para saldar mis deudas con el Señor, si quiero ser justa, debo acusarme también de gula, una gula feroz por saber más y más, tanto que devoro y me engolosino con el respirar de cada uno de mis personajes, me acaramelo con sus poemas, saboreo la melodía de sus voces y cómplice, amaso situaciones para hacer también míos todos sus sentidos... y paladear su lengua, sus ojos, sus tactos. Termino mamando un calostro que me inmuniza del afuera, atiborrada de mí y sin poder saciarme nunca.
Lo sé, Padre, me revuelco, para ser exacta, encendida de lujuria con ese personaje que estoy creando, que soy yo y es otro y... hermafrodita, erizo mi piel. Me cuesta escribir esto, pero ¿podría Usted, que sabe mejor que nadie de las luchas de la carne, interceder por mí ante el Altísimo? Es talla fiebre, el goce de descubrir los más íntimos anhelos, la excitación de penetrar la mente, la voluptuosidad de ser en sangre, lágrimas, semen y saliva solo uno... Es tal el deseo y tan ingobernable. "¡Oh, pureza!" clamaba Rimbaud, como yo clamo. ¿Habrá perdón para mi alma?
Ya habrá advertido que he guardado la ira y la soberbia para el final. El primero porque es el más doloroso y tal vez sirva, en parte, para purgar mi penitencia. Lo que sucede es que cuando mi personaje o mi poema no responde, no crece, no se desprende de mí y adquiere vida propia, siento al desgarro de la cólera estallar en furia, gritos, llanto... y rompo originales, destierro páginas completas, incinero el trabajo de meses y caigo presa en tamaño hermetismo que soy capaz de vagar violenta y sola, y en esto hago especial mea culpa, hasta que todo lo demás desaparezca, incluso mis otros hijos, los de la carne.
El segundo, en cambio, es el más terrible. Sólo se manifiesta si la obra creadora llega a su fin; y si se concreta, no existe sino el éxtasis y por qué no ponerlo con todas las letras: me siento Dios y, en mi infinita soberbia, creo que mi obra y Él y yo somos uno, Padre; y nos exhibimos, obligando a los otros, lectores y orejas pacientes de recitales poéticos a compartir nuestras impudicias, como si tuviéramos algo que decir, algún don que nos hace dignos de ser oídos. Y creemos que lo hacemos por el arte, ¿le parece a Usted?, por la cultura... Me da risa.
A medida que escribo esto, Padre, es como si lo estuviera viendo menear la cabeza "Pobre criatura humana -dirá--, es tan débil como sus mentiras. " ¿Verdad? Pero yo sé que le estoy mintiendo también a Usted, no sólo a ellos que creen que el escritor es una especie de héroe neoclásico con mil odiseas sobre los hombros, un enajenado que se agita en estado violento o quizá aquel profeta olvidado que sin embargo tiene algo para revelar... ¡Es mentira!
Reconózcalo Padre, la culpa es de ellos. Al fin y al cabo ¿a quién le interesa si los lugares que invento en realidad no existen si puedo hacérselos ver? O que Usted sea sólo una ocurrencia y esta confesión, un fraude. Ah, eso sí, les encanta creer en ese amor que me desgarra, ese chisme, esa vida tormentosa y arriesgada a la que ellos no se animan... En eso sí... Tampoco les importa cuánto duela -salvo a tía Elisa a quien al mostrarle mi primer poema galardonado me respondió: "¡Ay, nena, qué mal debés estar!" O al imbécil que hizo un ensayo poniendo en duda mi sexualidad porque había escrito en "Invierta un Hijo" desde un yo masculino. Y ¿qué pretendía? ¿Que inventara otra Juana de Arco para escribir como mujer-soldado en la guerra de Malvinas?-. Vamos, no sea ingenuo...
Miento, pero miento porque la gente me necesita, porque no todos tienen la suerte de trasmutarse, de sentir la mordedura de la sociedad y sangrar, de no hacerle caso al miedo y decir lo que otros no se atreven ...Yeso es horrible. Es como si la vida les pasara de costado y la miraran de lejos. Y si la sienten y no pueden hacerse grito, peor aún... Alguien debe hablar, denunciar, burlarse del espíritu de la época. Tal vez, Padre, yo no tenga derecho a callar. ¿Ha visto Usted alguna vez los ojos de los mudos? ¿Los ojos de un torturado con mordaza?
Pensará que engaño y es cierto; pero ¿qué importancia puede tener que mi alma se pierda si existe un lector que llora, ríe, o enmudece con lo que yo le cuento, miento y solo, sólo por unos minutos, se le mueve algo...? Yo no inventé nada nuevo, apenas otro disfraz de voces para la misma historia repetida. El que lee, elige y si alguien llegara a elegirme, tal vez valdría la pena dar la vida por los amigos.
No sé si esta confesión por escrito será válida y si Usted, Padre, en nombre del Verbo hecho Carne podrá de esta forma darme la absolución, pero ya no la necesito; como diría Cortázar, me siento exorcizada, he vomitado a mis monstruos, he escrito otra mentira y no me importa. Existen mentiras que valen la pena, aunque nos condenen... Porque tengo hijos y quiero que puedan seguir escribiendo cartas verdaderas a un Papá Noel de mentira, y que siempre exista alguien dispuesto a meterse en el cuerpo de otro, a andar a tientas en la noche e inmolarse para que sus caras se llenen de risas y de bicicletas ya nosotros de lágrimas los ojos, Padre. ¿O acaso Usted no cree?
Disculpe, no sé si estaré cometiendo un sacrilegio y con esta carta, firmando mi pase a la gehena, pero no puedo "prometer firmemente no pecar más". Tal vez sea verdad que cargo con la maldición de la palabra y sólo pueda seguir escribiendo.
En su Nombre, el del Verbo y el del Espíritu de la Palabra. Amén
Humildemente
Marcela Predieri
(Mujer que escribe)
CARO Y MANU SE ENCONTRARON EN EL BAR
Por Marcela Predieri
Mar del Plata
Es la hiedra que arriba hasta tus ojos. Es esa hipérbole de llanto. Es estar partida –me dijo. Y yo no entendí nada. Jamás lo haríamos. Podíamos comer chorizan y hacer cálculos de álgebra, podíamos mordernos hasta quedar sin saliva pero nunca mirarnos a los ojos. Un acuerdo tácito.
Por eso, sí podíamos cabalgar en un faso hasta las 6.30 y estar listos para la concentración con los hermanos en la plaza media hora más tarde. Porque pasión era una y una era la sábana que se había empapado de nosotros y después ensangrentábamos con aerosol y Perón vuelve. Cómo era posible que ahora las escaleras a Ezeiza no llevaran a París sino al Free Shop. Cuánta mierda, hermano. ¡Cuánta mierda!. Si amábamos el tango y Buenos Aires no era de los amarillos ni de los shopping
¿Te acordás de Paco Urondo? Él nos enseñó el arte de la entrega. Y no sólo a mí, ni sólo eso. Que qué digo? Digo y te aclaro para que entiendas el por qué y para qué. El se daba, hermano. Nos daba a nosotros, los pendejos de mierda, universitarios zurdos con papi atrás, claro, esa seguridad que te da lo clandestino y creerte de la mano de los humildes. Entonces todo tenía sentido: podíamos besarnos, hacer el amor entre libros y panfletos... Y acabar azules. Sí, no te rías, azul sin aire. Azul y rojo de tanto revolcarnos sobre la cara sin barba del Che.
Éramos uno, fuimos uno con la flaca, de una forma que no seremos jamás. Un ritual. El ritual de quemarnos con fuego de veras. Porque éramos antorchas, y Antorchas se llama ahora la Fundación de la Fortabat. ¡Las madres de Plaza de Mayo son antorchas! Antorchas de blancos pañuelos que anudamos a nuestras almas. Porque las bocas de esos que no fuimos nosotros, los que no hablaron, terminaron con la picana en las pelotas.
¿Cómo amarnos ahora? Si ya no puede reconocer mi boca entre las costras y el llanto. Ese llanto que ya no es mío porque no siquiera es llanto. Ya no somos los mismos. Yo, muerto de miedo; ella, podrida y tibia en tu madriguera. ¿Te das cuenta?
Y ahora queremos juntarnos, mordemos para ver si por fin somos capaces de encontrarnos, de vivir.
Aquel café nos devolvió a las agendas para darnos cuentas de que estábamos muertos; el rojo, la bandera de humo y nuestros sexos habían sido. Y nosotros… listos para seguir, para besarnos apenas los labios de rutina. Grises los ojos. Burguesa la mirada. Frígido el anhelo.
—Chau, flaco –me dijo.
—Chau, linda. Me alegro de verte tan bien.
—¿Nos vemos? —preguntó.
Por favor, no —pensé.
LA CASA DE PIEDRA
Está bien, si no con un sándwich a la salida es lo mismo. Pero creamé, es una fija. Yo sé por qué se lo digo. Mire, le sigo contando: yo nací en Mar del Plata, vivíamos justo acá enfrente, en la manzana 115. Sí, la que demolieron. ¿Ve? Por donde está pasando el 523. Mi padre era abogado de Casinos, así que le quedaba bárbaro. Teníamos familia en Buenos Aires, mi abuela y dos tías, y en enero, aprovechando el mes de feria, íbamos siempre para allá con tío Ezequiel. Él también vivía acá, en la loma de Colón, pero tenía una farmacia por la calle Luro, frente a la estación de trenes. Tío Ezequiel era una máquina: trabajaba de día y de noche. De día, frente al mostrador; de noche era adicto a otro tipo de mesas. ¿Que qué mesas? Todas: las de dinero, las de pocker, de Black Jack, Punto y Banca, los tableros y las barras. Era curador mi tío, sanador de dolores de cabeza, especialista en constipados y cistitis de señoras. Farmacéutico, bah, aunque sin diploma. No se preocupe, yo tengo el remedio para todo mal, decía. Pero era más que un doctor, pensaba yo en esa época. Gracias. Que la fortuna le devuelva más. Si no con un sándwich es lo mismo.
Mucho después me di cuenta de que hablaba de otros males: esguinces de la fortuna, mal de amor, maridos celosos, sueños inalcanzables, desconsuelo crónico. Para todos tenía su medicina, la que los mantenía vivos y expectantes por lo menos hasta la semana siguiente. Que una fija para la carrera del sábado, que un numerito para la quiniela, que un hágame caso: primera bola al diecisiete. Sale o sale. Yo vuelvo el domingo, si no puede dígame cuánto y le hago la gauchada. ¿O para qué son los amigos?
Mucha gente venía a ver a Don Ezequiel. Don era un título entonces, no cualquiera… Y yo los veía abrazarlo, darle la mano con un ¡gustazo! ¡Si no fuera por Usted!... o hundírsele en el hombro, agarrarse la cabeza… Y mi tío, siempre tan amable, campechano como pocos, los acompañaba hasta la puerta. No se desanime, vuelva la semana próxima. Ya va a ver… Gracias. Que Dios se lo pague.
Tío Ezequiel era un maestro. Sí. Un maestro en jugarse la vida, el sueldo, el reloj y la campera en la primera bola. Pero eso lo entendí muchos años más tarde cuando mi padre murió en un accidente en la vieja Ruta 2. Era doble mano en aquel tiempo, demasiado angosta para el recambio del primero de febrero. A nosotros la Virgen nos puso la mano encima, como decía mi madre. Pobre, mi vieja que nunca había trabajado, tuvo que empezar obligada, pero no quiso ir de dependiente a la farmacia; ella no iba a vivir a costillas de un cuñado; así que el tío la colocó en la inmobiliaria de un amigo en Buenos Aires. Y nos fuimos para allá, un poco apretados, eso sí; hubo que acostumbrarse a la escuela pública y a los viajes en colectivo. ¿Las vacaciones? Si no hubiera sido por el tío Ezequiel, apenas un recuerdo de la infancia. Pero él empezó a traerme a Mar del Plata cada vez que podía. En tren, eso sí, jamás en auto o en micro; condición inamovible de mi madre. Yo tenía que guardar faltas, ni una rata a la escuela, creamé, porque él llegaba allá los viernes pero recién veníamos para Mar del Plata los domingos. Todavía me acuerdo…El tío siempre de traje, el pelo negrísimo y engominado; todo un caballero. Durante el trayecto me compraba una gaseosa o dos; los sándwiches que me preparaba la vieja los dejábamos para cuando llegásemos porque nadie come en pullman. La vuelta siempre era una sorpresa. Algunas veces en El Marplatense, con cena en el comedor y una botellita de buen tinto para él; otras veces de a tres, sentados derechitos en los asientos marrones de la clase turista. A mí no me molestaba porque aunque no tuviéramos ni para un sándwich de salame, nunca faltaba quien te pasara un mate con un ¿gusta, Don? Y ofrézcale al joven, por favor… Gracias. Que Dios le de el doble.
Cuando cumplí los quince me trajo a debutar acá, fue en la casita de la Plaza Mitre. ¿No la conoce? A partir de ese día, en la mesa grande de los domingos en la casa de los abuelos, empecé a sentarme a su lado, nunca más con los primos menores. Tengo para él un gran futuro, solía decir mientras me palmeaba el hombro. Todo calculado ¿no?, se reía alguna de las tías. Y no falla ¿no? agregaba otra. Mi madre saltaba como una fiera con un: Al chico más te vale que lo dejes tranquilo. Tío Ezequiel me hacía un guiño. Son mujeres… Cómo me hacía reír. ¡Yo me sentía tan hombre! Gracias. Que tenga suerte.
Tres años más tuve que esperar para que me trajera a trabajar con él a la Casa de Piedra. Me compró un traje gris y una corbata de seda con un ancla. No me dejó traer mis ahorros. Pero a la salida te toca pagar la cena en la Taberna Baska, me dijo. Es tu primera visita; no falla, ya vas a ver. Y no falló. Negro el 17 en la primera bola segunda mesa a la derecha. Las apuestas no se levantan, indicó. Y no lo hice. Negro el 17… Después fueron el 11, otros tres negros y en seguida pasar a la tercera docena y los ladrillos. El sonido de las fichas me hervía en los oídos y en la cara. Así se hace, sobrino, así se hace… Fueron buenos años. Él me enseñó todos los secretos. Y yo era buen aprendiz. Que tenga fortuna, amigo. Gracias.
Al cumplir los veintiuno, mi madre se casó de nuevo. Un tipo insoportable. Yo armé el bolso, largué Bioquímica y me volví para Mar del Plata. El tío me llevó a trabajar a la farmacia. Ahí, claro, tenía que llamarlo Jefe. Que Dios se lo pague.
Para esa época alternábamos las venidas al Casino con tardes soleadas en el Hipódromo de Palermo. Y fue ahí mismo, con cincuenta y dos años cumplidos, que conoció a una mujer. Mala yegua. Mala yegua ella y su maldita obsesión feminista de de desechar cuanto caballo ganador se cantara como fija. Sólo potrancas. Y perdedoras además. Ezequiel estaba loco por ella. Sí, perdido es la palabra, porque fue perdiendo todo: nuestras noches de ruleta, el sueño, el depto, la dignidad, el rolex y la salud. Y a mí también, o casi, porque una noche no pude evitar cantarle la justa y nos fuimos a las manos. No me quedó otra que mudarme y me mudé. Me fui con la vieja otra vez a Buenos Aires. Gracias. Que tenga suerte.
Era mala hembra y no me iba a quedar para verlo mancarse frente a ella. Pero sí lo vi. Primero de a poco, cada vez más flaco, cada vez más amarillos sus dientes de tabaco o de caballo, ya era lo mismo. Y por fin, de un golpe a pleno sol de setiembre, frente a ella que gritaba como loca poco antes de terminar la cuarta carrera de la Polla de Potrillos. La ambulancia no tardó en llegar pero el corazón le había corcoveado fiero. La mina ni apareció por el entierro, si me permite llamarlo así. El tío había dejado testamento y una carta con su última voluntad: quería ser cremado y que arrojaran sus cenizas en la pista antes de la primera largada de sábado. Ese sábado era el Gran Premio Polla de Potrancas. Puras yeguas, me dije, y de la muy yegua, nada. Que la fortuna le de el doble…
Las burritas se ubicaban ya en los Boxes de Exhibición, recorrían la Redonda para que pudiéramos apreciar su estado físico y realizaban el clásico paseo por la Pista. En ese momento esparcí lo que quedaba de Tío Ezequiel. ¿Será para que te acuerdes de cómo te puede pisotear una pollera? me insinuó un viejo colega. Se me hizo un nudo en la garganta. Y… habrá que creer en los mensajes del otro mundo, le dije con resignación. Siempre me acuerdo que el tío contaba cómo, cuando tenía siete años se le había aparecido en sueños un hermanito muerto de tuberculosis para cantarle el número entero del Gordo de Navidad. Él había corrido a decírselo a su madre pero como no tenían un mango para comprar el billete, con lágrimas en los ojos lo mandó a él mismo con una notita y las monedas hasta lo del almacenero de la esquina que levantaba quiniela. Con 47 terminaba. El número salió cantado. Esa noche compraron sidra y al día siguiente fueron todos al cementerio con las calas más grandes que se vieron jamás. Yo, en realidad, no creía que fuera cierto. Gracias. Que Dios lo bendiga.
La cuestión es que las potrancas casi estaban llegando a las gateras cuando se acercó un gordo de pelada brillante: ¿El viejo te dejó alguna fija? Seguro, me reí. Segura, querrá decir, respondió el gordo, qué raro, es una de las mayor sport. Mire, hay que creer o reventar: ahí mismo me di cuenta. No miré, en las Performances del Programa Oficial, en qué puesto había salido esa potranca en las últimas carreras; no miré quién era el Jockey ni pregunté por su entrenador. Corrí hasta las ventanillas ubicadas en las tribunas; podía tramitar apuestas sólo hasta el cierre del sport y faltaba poco. Todo lo que llevaba era la guita para pagar un nicho por cinco años en La Chacarita, que íbamos a llenar con una urna falsa para que mi abuela tuviera dónde ir a llorarle. Muy creyente, la abuela. Aposté a ganador, el operador me entregó el ticket de apuesta. Y no miré más que la largada. Me sumé al aplauso de los amigos trajeados por respeto, y cuando el polvo se arremolinó entre las patas de los animales… al ver cómo las yeguas le pasaban por encima, no puedo negárselo, lloré. Pero no por él, el tío se estaba elevando junto al polvo en medio de la Fiesta Hípica. Era su Gran Premio. Y supe sin que la Comisión de Carreras diera a conocer el resultado oficial, que podía ir hasta la ventanilla y esperar a cobrar. Gracias. Que Dios siempre le dé más.
Saqué de la basura la caja de zapatos que había oficiado de coche fúnebre para llevar al Tío hasta su última morada, deseché el tarro ámbar y puse la guita. Una larga fila de amigos se acercó. También el gordo de la pelada brillante. ¡Sigue cantando la justa el viejo! Nos vemos la semana próxima en Mar del Plata ¿sí? No, le respondí. Está bien que el tío me haya heredado la farmacia pero hay que hacer tanto papeleo con todo esto… Nos vemos en un mes o dos. Está bien, pero no te lo gastés todo ¿eh? Que Dios se lo pague. Muy amable. Tenga fe.
Me hice cargo del negocio en menos del tiempo pactado. Si a la ceremonia de las cenizas había ido mucha gente, el desfile por la farmacia fue interminable. Mujeres jóvenes que decían que Don Ezequiel era un Santo, ancianos que me preguntaban qué iban a hacer sin Don Ezequiel, y acreedores, docenas de acreedores. Algunos traían pagarés, otros argumentaban préstamos de amigo y los más, cara de matones, a los que pagué sin preguntar. Durante un tiempo seguí con el negocio, levanté quiniela, abracé a las viejas, di préstamos a cambio de sortijas de enlace y alguna que otra pelotudez hasta que apareció la blanca. Y fue que no, sin vueltas. Nadie iba a ensuciar la memoria del tío y yo no me iba a hundir en su memoria, mucho menos. Así que el negocio siguió despachando de aspirinas y antiácidos hasta que volvieron las boletas, las fijas y dos mangos al cuarenta y siete. Años tranquilos, pero nada es para siempre; y la fortuna tampoco es para todos. Muchas gracias. Que tenga suerte.
A partir de aquí todo se acelera. En pocos años llegó el Prode, se oficializó la quiniela, y los bingos invadieron la ciudad. Que la inflación, que el dólar, que los saqueos y los pibes que salen a chorear; que el corralito, que el corralón… Y sí, es Argentina. ¿Que cuánto hace de esto? Casi veinte años, tiene razón; pero veinte años no es nada. Además la vida es una apuesta. A veces me pregunto si la mía valió la pena, o la de él… No, Señor, no me de otra moneda. Ya tengo bastante. Gracias. Hoy entró mucha gente. ¿Me puede hacer una gauchada? Póngame esto al 17 en la primera bola, segunda mesa. Imaginesé, con esta facha no me dejan entrar. Yo lo espero a la salida. O mejor en la Taberna Baska. Sí mejor lo espero allá. No se preocupe, jefe. Es una fija. Invito yo.
MARCELA PREDIERI
Publicado en revista La Avispa, nº 22, Mar del Plata 2003
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LA SELVA LIBRE
Y vos y aquel y cualquier otro, nos levantamos juntos sIn saber, para saber y por qué no, que cualquier momo que se precie no es más que un mono. Y el pellejo tira y aunque no queramos nos encontramos sacándonos los piojos con dedicación casi absoluta se transforma en la obsesión de todos los días.
Y es así, para qué más, podés decirme. si querés otro día volvemos a encontrarnos, pero no...
Yo sé del juego de arrancarse la piel. Con una basta. Una vez, no piel aunque la piel sea una y se arquee reptando sobre las sábanas que se acomodan primero a la tibieza de mi forma y penetrando impúdicas primero -las profanas- por los huelgos que dejamos de vergüenza porque siempre está ese darse entero pero no, clavar las uñas hasta ahí, abandonarse al tacto del otro siempre y cuando pierdas el desenfreno total de un éxtasis que desanuda cada uno de tus lazos menos el hilo invisible con el que imaginás precintada tu cintura, para que en todo momento, el rollito quede sostenido y al volvernos la panza no se vaya de costado.
Las sábanas, decía, ladronas que se apropian de la temperatura de nuestros cuerpos y terminan arrugada, se enredan a los dedos d e los pies y ala rodilla en la vuelta como para recordarte que ahí están porque al fin y al cabo un poco de rebeldía adolescente está bien como este regalo que me doy, que me diste aunque la sábana quede manchada como mi nombre y a la sábana la agarre y la estruje y la muerda, porque ya vas a ver, que esto de andar sintiendo no es así de fácil; porque el que las hace las paga Habrase visto: andar gozando así sábana hija de mil...
Del libro Del Papelero, Ed Martín, Mar del Plata, 2002
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EL VIEJO DE LOS PERROS
—¡Urgente! ¡Prestame los marcadores! —le pedí a mi hermana la más grande. Ella estaba en la cama llorando con la tele prendida.
—¡Tomatelás! ¿No ves que estoy mirando “Amores Perros”?
—¿Y si es de amor, por qué llorás?
¡Para qué se lo habré dicho! Empezó con que el amor es cosa de grandes, que yo no entiendo nada… y qué sé yo cuántas cosas más. Pero yo sí entiendo. Entiendo de amor y de perros. De amor, porque Mariana es mi novia. Ella no lo sabe, pero es mi novia igual, porque es re-linda y no usa hebillas de Barbie como las otras. También sé que no se puede sentir amor por cualquier cosa; uno no es tan tonto. Yo quiero a mi bicicleta más que a nada en el mundo; es la mejor bici de la cuadra pero de ahí a gritarme: ¡Deja eso! ¿Estás enamorado de esa bicicleta? hay como de acá a la Luna. Esa sí la tengo clara. Los humanos no se enamoran de las cosas. De los animales, no sé.
Don Manuel dice que ama a sus perros. Claro que no se parece a un papá, ni siquiera a un abuelo, pero él me enseñó todo lo que sé de amor y de perros. Don Manuel es el Viejo de los Perros. Y vive en Playa Grande, como con veinte, debajo del viejo edificio del INIDEP. Algunos chicos del barrio le tienen miedo, dicen que cuenta historias horribles de barcos que se hundieron y de vigas oxidadas que se pueden venir abajo en cualquier momento. Por eso cada vez que nos queremos meter por ahí nos manda los perros al humo. Y son perros fieros. Yo siempre que voy a la playa con la bici, me bajo antes de que me vean porque si no, te tiran a morder los pantalones aunque los tenga atados con un broche para que no se me enganchen con la cadena. Don Manuel siempre está tomando sol junto a los perros y él dice que ahí está mucho más cómodo que en una casa. Lo que no entiendo es por qué la gente comenta que es una barbaridad que viva así, a la intemperie y solo como un perro. A mí me gusta estar con él y no le tengo miedo ni nada. Dice mi mamá que si ando por ahí se me van a pegar las pulgas ¿y qué? Yo tengo piojos, pero me paso el peine fino y listo; con las pulgas debe ser lo mismo.
Lo que más me gusta son sus historias de perros. Él sabe muchas, muchísimas. Cuenta Don Manuel que el Tuque, uno marrón y negro, flaquito que tiene la cola cortada fue el que quedó atrapado en el Marcelina de Ciriza, así se llamaba el barco pesquero que se soltó de la Escollera Norte en una sudestada gigantesca de hace años –me explicó Don Manuel-, uno que se fue navegando solito hasta Constitución que es adonde están los boliches a los que va mi hermana. ¡Bah! Sólo no. Estaba el Tuque. El Tuque y los fantasmas que viven en los barcos. Y fueron precisamente ellos los que lo empujaron por la borda justo antes de encallar. Los perros de los barcos –dice Don Manuel- son grandes nadadores; eso lo salvó.
También cuenta la aventura de uno negro, rengo de la pata izquierda que una vez quiso salir en parapente con los locos que vuelan en Varesse. Los muchachos odiaban al Negro porque cada vez que querían despegar los corría y les ladraba para que lo atasen y lo llevaran a dar una vuelta. Pero nada. Los parapentistas se entienden con los pájaros pero no saben nada de perros. Un día el Negro se cansó y se prendió de la pata de un piloto que lo alzó como tres metros. Después de tanta patada se soltó. La gente se reía como loca; al piloto, que estaba muerto de rabia, le tuvieron que curar la pierna con agua oxigenada. Al Negro le dolieron las costillas una semana, y yo sé cómo duelen las costillas porque a veces cuando voy a hacer pruebas con la bici a las rampas me mato, te juro que me mato. Don Manuel lo tuvo acostado contra él esa noche y varias noches más hasta que se curó y me contó que cuando soñaba, porque los perros sueñan, parecía sonreír. Así que seguro, tanto no le importó el dolor. Él no podía correr tan rápido como otros perros pero había volado ¿qué tal? Los perros de la playa son tan valientes –dice Don Manuel-. El lo sabe.
También me explicó que hay perros que ladran para avisarle al pescador que tiene un pique; es que a veces, pobres, se duermen de tanto mirar la boyita. Hay otros que aprendieron a hacerle frente a los lobos marinos que se quieren subir a las lanchas amarillas y se ganan algún pescado que le tiran los dueños como recompensa. Claro que antes tuvieron que aprender a comer pescado, pero los perros se adaptan a todo, por eso son sobrevivientes, como yo –dice Don Manuel- aunque eso no lo entiendas bien todavía.
En La Perla, por ejemplo, hay un Golden (el único que no duerme con Don Manuel porque es del Guardavidas pero que siempre lo va a visitar) que ayuda a sacar a la gente del agua. Y la ve enseguidita, mucho antes de que hagan sonar el silbato. Entonces gruñe fuerte y se mete al agua con la rosca y la soga. Hay que ver cómo nada, casi tan rápido como el guardavidas. Los perros de la playa son tan observadores -dice Don Manuel.
También me contó que hace mucho, yo seguro no había nacido porque no me acuerdo, cuando vino el tornado a Mar del Plata, fueron los perros los que le avisaron para que se fuera de abajo de la construcción donde dormía; que él no entendía nada pero que no paraban de aullar, lo despertaron y no dejaron de tironearle de las mangas hasta sacarlo de ahí…Entonces, de golpe, vino el viento, el mar se puso como nunca lo había visto y al toque reventó una ola increíble que arrasó con todo lo que había en el lugar. Que los perros lo protegieron –eso dijo don Manuel- porque son leales, más leales que las personas, que si no, la ola se lo hubiera llevado a él también.
A todos los quiere don Manuel. Y les da de comer aunque no tenga mucho. A veces no le sobra ni un pedazo de sándwich pero de lo poco se comparte –dice- si no, no tiene gracia. Por eso cuando los huesos del asado no alcanzan, le saco algo de la heladera a mi mamá y se lo llevo; aunque casi siempre lo único que hay es un pedazo de queso fresco o alguna milanesa medio dura del mediodía. Porque ahora Don Manuel tiene una perra, y la perra tuvo nueve cachorros. Por qué tantos -le pregunté-. Él me explicó que seguramente se había enamorado más de la cuenta, como les pasa a veces a las personas, como le pasó a él hace mucho. Por eso la va a cuidar, a ella y a los cachorros, hasta que crezcan.
Una vez, los chicos le preguntamos por qué vivía ahí, y él nos dijo que le gusta mirar el mar. A mí me parece que por eso tiene los ojos entre verde sucio y marroncito, como el agua de acá. Y porque ama a los perros –dijo-; como en la película de mi hermana –dije, pero no me escuchó-. Que le hacen compañía el Tuque, la perra, los cachorros, el Negro y el Golden que viene de visita. Porque los perros de la calle somos una gran familia –trata de explicarme Don Manuel- y no nos dejamos nunca solos. Que nosotros tenemos que aprender.
Ayer empezaron las obras para arreglar el viejo edificio, van a hacer una confitería o algo así, y Don Manuel se tiene que mudar. Dice que no sabe muy bien a dónde va a ir pero se va a llevar a los perros. No se abandona a los amigos, aunque sean perros; que tal vez vaya para las Playas del Sur, que ahí también se juntan los surfistas y son buena gente; él les va a calentar agua para el mate para cuando salen del mar muertos de frío y, si le tiran unas monedas no le va a venir mal. También me pidió que le hiciera un dibujo, porque seguro me va a extrañar y que si tanto ama a sus perros que trate de imaginarme cuánto me llegó a querer a mí. Yo le dije que también lo quería mucho pero que a mí no me salen bien los dibujos, que mi hermana me carga, que sólo hago monigotes –dice-, pero Don Manuel me contestó que a él le parecen muy lindos y que no me olvide de hacer al Negro con su hueso preferido. También me dijo que si cuando vuelvo para la playa no lo encuentro, lo ponga en una botella y lo tire al mar. Que él todas las mañanas va a revisar lo que la marea trae hasta la costa. Y no sabés las cosas que se encuentran –dijo-, que me quedara tranquilo. Ahora mismo me voy y lo empiezo a hacer –le contesté-, por si acaso. Pero seguro lo voy a ir a visitar; si mi papá no me lleva, me armo la mochila y voy con la bici. Es lejos pero si uno no es capaz de pedalear un poco más para estar con un amigo… Nunca, nunca, nunca lo voy a dejar solo. Eso lo aprendí con Don Manuel.
Cuando llegué a casa, en la vereda estaba la hija de la vecina, que es una perra –dice mi hermana-, y será porque se la pasa diciendo: ésta es una vida de perros, o qué noche de perros, o porque se puso de novio con Caniche, que antes era el novio de mi hermana. Apenas entré mamá empezó: Dejá de rascarte como un perro… pero yo me fui corriendo a buscar los marcadores. Tengo que hacer un dibujo para mi amigo –grité-, pero mi hermana parece sorda. ¿Por qué no me prestará los marcadores de una buena vez? Entonces me encerré en el garage y me puse a dibujar con el lápiz de carpintero de papá que en eso entró preguntando: ¿a qué hora cenamos que estoy cansado como un perro?
Yo no entiendo muy bien de qué perros hablan. A mí me parece que el único que sabe de perros es Don Manuel.
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