A una niña rubita.
En un rincón oscuro en la capilla,
arrodillada frente a Cristo en cruz clavado,
con los dedos de las manos enlazados,
vi una niña.
Cabello de oro de rizos que en cascada,
cubrían su rostro enmascarado,
y sobre el suelo frío de la Iglesia,
su cuerpo enamorado.
Aquello fue una chispa, en mi, de noche eterna,
que encendió con temblor bien ensalzado.
Y junto a ella, mucha gente enferma,
que miraban con pudor hacia otro lado.
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A una niña.
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En un rincón oscuro en la capilla,
postrada frente a Cristo en cruz clavado,
con los dedos de las manos enlazados,
vi una niña.
Cabello de oro de rizos que en cascada,
cubrían su rostro enmascarado,
y sobre el suelo frío de la Iglesia,
su cuerpo enamorado.
Aquello fue una chispa, en mi noche eterna,
que encendió con temblor bien ensalzado,
y junto a ella, mucha gente enferma,
que miraban con pudor hacia otro lado.
Carlos Hormaechea
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